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No se escribe para comprender el terror, menos todavía para justificarlo; se escribe para recordar a la humanidad la siempre presente seducción de la pureza que lo engendra.

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“Nada hay en el mundo tan vergonzoso como querer olvidar estos crímenes”, afirmaba Varlam Shalámov. Se trata, en efecto, de un “empeño por evocar episodios reales con la fuerza de las palabras, evitando así su olvido para siempre”, como dice Taciana Fisac en el prólogo a Los cuatro libros de Yan Lianke. Tadeusz Borowski consideraba que la verdad de los campos solo se puede mostrar, porque es inapropiable; es decir, no hay coceptos adecuados para “apropiarse” del terror, como no los hay tampoco para “apropiarse” del mal, ya que tener un concepto significa tener propiedad sobre algo, poder disponer de ello: en definitiva, saber. Todo saber es, en cierta manera, una posesión. Como muy bien afirma el historiador Saul Friedländer, ningún marco conceptual puede abarcar los hilos diversos y convergentes de la historia del Holocausto. De la misma manera que el mal se “dice” en mitos y símbolos, el terror se “dice” en narraciones. Ahora bien, “la narración – dice Herta Müller, premio Nobel de literatura – sólo es posible cuando eres capaz de transmitir tus experiencias”. Intercambiar experiencias es precisamente lo que caracteriza el arte de explicar, según afirmaba Walter Benjamin. El narrador toma prestada la materia de su relato a la experiencia, y lo que él narra se convierte en experiencia para aquellos que escuchan su historia. El narrador imprime su marca al relato, de la misma manera que el alfarero deja sobre la copa de arcilla la huella de sus manos, concluye Benjamin.

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